Alcira

Tupiceña, muchas arrugas, pocas canas, ni un diente, energía al 100%. “Cuando era niña y había luna llena, mi mamá, ponía un bañador con agua y le hacía dar el reflejo. Después, me lavaba el cabello con esa agüita, para que no tenga canas. Ahora, casi ochenta ya estoy por cumplir y mirá mi cabello, sigue negro”, me dice. Su madre era muda y le tenía prohibido salir a jugar, pero Alcira se escapaba a la cancha todos los días, ahí aparecía la mamá con el chicote, más efectivo que un grito. Ahora Alcira juega básquet con sus amigos de Tupiza en una cancha de El Alto. Por eso me conservo tan bien, afirma, segura de sí. Perdió toda la dentadura, no sé por qué, pero no es difícil imaginar todo lo que pudo influir. Alcira ha luchado cada día de su vida, cuando su padre la abandonó sin reconocerla, cuando su marido la dejó con tres hijos, cuando uno de ellos desapareció, cuando tuvo que criar al nieto que la nuera le dejó y así, cuando toda su vida sigue transcurriendo. Alcira no se queja, se ríe, habla a las aves y comparte su pan con el perro mendigo.

Alcira trabaja como guardia en un garaje, en turnos de 24 horas y es más atenta que sus colegas jóvenes, más alerta que cualquier varón. Alcira ilumina. La miro y me pregunto por qué sigue trabajando, si lo ha hecho desde que era una niña. “Tengo que llevar comida y pañales a mi nieto, que está en el Instituto de Rehabilitación Infantil, en Obrajes. “Amarradito en su silla de ruedas me lo tienen”, dice. “No habla, pero cuando me ve llegar, ¡sus ojos se iluminan!”.

Alcira tiene mil y una historias que disfruta compartir con quien esté dispuesto a sentarse un momento con ella. Doy fe que tiene el don de despachar hasta al más duro, con ganas de ser una mejor persona. Bendita seas, Alcira.

rpt

 

Esta página se ha publicado también en la revista Rascacielos.

 

Carlos Vives: quedarse para llegar lejos

IMG_8648Resulta extraño escuchar a Carlos Vives, pero no cantando. Es extraño verlo en un escenario, sentado. Es más extraño verlo conversando con el presidente de su país y con el máximo ejecutivo del BID, una de las organizaciones financieras de desarrollo más grandes del mundo. Es extraño ver que el auditorio de más de 1000 personas, escucha en silencio, en medio de cientos de pantallitas registrando el momento.  Nadie baila. Carlos luce un tanto incómodo en principio, no es un ambiente familiar para él, aunque está en su tierra, cantando su himno y la ropa de las tres figuras es informal, una inusual tenida de camisa clara sin corbata con las mangas al codo y pantalones claros. Dos presidentes, un acto oficial, un cantante y cientos de especialistas en inversiones. Toda esta combinación es extraña.

¿Qué hace Carlos Vives, el músico caribeño que hace vibrar a millones con su voz, su carisma y su ritmo, en un evento con más de 1.700 profesionales de la banca, finanzas, tecnología e innovación? ¿Y sin música?

Carlos fue panelista en el acto de apertura del reciente Foro Iberoamericano de las Microfinanzas, que en su versión N° 21 se enfocó en un tema estratégico para el desarrollo: la inclusión financiera. Dentro de sus ejes de trabajo tuvo una serie de actividades en torno a lo que ahora se denomina “economía naranja”, un concepto que el Banco Interamericano de Desarrollo viene trabajando desde hace algunos años para demostrar que las actividades culturales, creativas y artísticas son también parte del motor económico de cualquier país, tanto o más que la minería, el comercio o los hidrocarburos.

La economía naranja es la dimensión económica del arte y la cultura y parte del trabajo de este FOROMIC era promover la exploración y construcción de valores a partir de este concepto, involucrando en un mismo espacio y momento a instituciones financieras con emprendedores, innovadores y creativos de diversos ámbitos y nacionalidades.

Carlos Vives fue invitado no porque sea el artista con más nominaciones a los Premios Grammy Latinos, o porque vende millones de discos o llena grandes teatros, sino porque se lo considera un precursor del emprendimiento creativo en su país.Sigue leyendo «Carlos Vives: quedarse para llegar lejos»