Jugar a la gallinita ciega

Quienes gozamos de buena visión, probablemente hemos sentido lo que es no ver sólo cuando hacemos de gallinita ciega, ese juego infantil en el que buscamos a nuestros compañeros guiándonos únicamente por los sonidos y caminando a tientas. Fuera de eso, dudo que nos molestemos en investigar más allá. Es muy fácil dar las cosas por hechas. Ver una película, por ejemplo, es algo que no implica más esfuerzo que sentarse frente a una pantalla, mirar y escuchar. Lo difícil es ponerse en el lugar de aquellos que no tienen todos los sentidos y pensar qué podrían necesitar para disfrutar del cine. ¿Será que tienen que hacer un esfuerzo adicional? No. La respuesta correcta es que nosotros, los que tenemos la ventaja de gozar de todos los sentidos, debemos practicar aquello llamado empatía y crear formas de inclusión para las diferencias funcionales. Eso es no solamente lo correcto; es una manera de aprender a ser mejores seres humanos. Sigue leyendo

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Una llamada de auxilio

El apartamento de 95 m2 se había llenado de visitas. Cada vez que había más de diez personas, la sala se vería repleta, como si todos estuviesen ahí. Helen había ofrecido su pequeño hogar para celebrar el cumpleaños de su amiga. Estaban también los hijos, que llevaron a sus amigos; estaban repartidos por todas las (3) habitaciones, conversaban, preparaban bocadillos, escuchaban música. Helen estaba en la cocina, a punto de vaciar una bolsa de papas fritas en un plato cuando sonó el teléfono fijo. Fue a la sala y al responder una voz jadeante y angustiada le pidió ayuda; al principio no entendió bien, estaba distraída y había ruido alrededor, así que fue a su habitación, cerró la puerta y habló con aquella mujer que pedía, con cierta desesperación, que vaya en su auxilio. Helen no sabía quién le estaba hablando y por qué la había llamado, le preguntó su nombre, la voz entrecortada dijo que se llamaba Ana; “Llame a mi hijo, por favor, es médico, me siento muy mal”, repitió. Helen no la conocía, tampoco al hijo, Gustavo Vera, según le respondió cuando ya preocupada por esa desconocida, Helen comenzó a preguntarle, para intentar hacer algo. Sólo alcanzó a decirle el nombre del hijo, un número de teléfono incompleto y una dirección a medias. La llamada se cortó antes de que pudiera preguntarle más. Sigue leyendo