El pintor del alma

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Alfredo La Placa.                                                        Foto: Tony Morrison.

“Rita, mi amiga está enamorada de tu marido”. Sonamos, pensé. Rita sonrió amablemente, me tomó de la mano y me llevó hasta Alfredo, uno de los pintores bolivianos más importantes del Siglo XX. Qué gran primera impresión he dejado. Admitámoslo, cuarentona groupie. Nota mental: ser y parecer son dos cosas que una debe saber manejar con la debida distancia.

Hacia el final, la lucidez y buen tono del maestro eran inversamente proporcionales a lo que la edad le hacía a su cuerpo, que lo debilitó hasta llevarse su último suspiro hace ya seis meses. Hoy me alegra que me hayan desenmascarado el día en que lo conocí. La vida es muy corta para guardarse algunas confesiones, especialmente las concernientes al amor. Encontrarme con sus obras me ha provocado siempre una sensación de tibio estremecimiento, algo eléctrico, como si el artista me mirase desnuda, no de telas, sino de piel y hubiese sabido, sin verme, que cuando pintaba ya me conocía, mientras yo sentía sus trazos en mis venas.

“Nunca fui de lamentos o arrepentimientos” me diría luego, “ahora quizá sí, porque es una época difícil…, pero antes, no”. No tocamos más el tema, pero ambos sabíamos que se refería al final y a esta vida tan llena para un tiempo tan corto. Deseé poder regalarle unos minutos extras para que cambie viejos rencores por abrazos frescos.

En noviembre de 2016 pude conversar brevemente con él. Nacido en Potosí en 1929, fue un gran viajero, convencido de que la libertad era la única manera de vivir, de corazón amable, coleccionista de todo tipo de objetos, metódico hasta el tuétano y de una memoria prodigiosa, recordaba detalles, incluso, de su primera infancia. Fue la última entrevista que el maestro concedió. Este texto es mi agradecimiento y celebración a la vida y obra del artista que supo plasmar en colores la intensidad del alma.

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