Encomio a la emoción y al arte

En su nueva serie “Atlas del corazón” (HBO Max), Brené Brown habla del tema de las relaciones y cómo cultivar conexiones significativas, no solamente con los demás, sino con nosotros mismos. Brown aborda temas como la valentía, la vulnerabilidad y la vergüenza en un tono auténtico y honesto; hay que escucharla, pues se enfoca en aspectos que no se suele enseñar, ni en la escuela ni en el hogar.

Mi padre, que fue muy conservador, pero de alma noble, tuvo la hidalguía de decirme en cierto tiempo que estaba consciente de sus errores y que hizo lo que buenamente pudo, pues para su generación la crianza implicaba tan solo cubrir las necesidades básicas de la prole, como alimento, techo y educación. “Jamás escuchamos términos como la estabilidad emocional y ese tipo de cosas”.

Y es que, a pesar de los avances en la neurociencia, la psicología y demás, generalmente nos cuesta tratar de forma franca y directa la cuestión de los sentimientos y de las emociones. Expresamos enojo, alegría, tristeza, asombro, pero en realidad poco hablamos de eso, salvo que sea en algún tipo de terapia, lo que no está al alcance de todos.

“El mayor error al pensar en quiénes somos es creer que somos seres pensantes, personas cognitivas, que en ocasiones tropezamos con la emoción, la apartamos de nuestro camino y volvemos a nuestro ser pensante. Somos, por encima de todo, seres emocionales que, en ocasiones, piensan”, afirma Brené Brown.

Quizás por eso ha surgido el arte y el mundo tiene artistas, esos seres algo distintos al resto que se empecinan y crean porque les nace de las tripas, se escuchan a sí mismos y a sus emociones; su obra es el espacio en que las personas nos reconocemos y nos reencontramos. La producción artística logra aglutinar a los grupos más heterogéneos y actúa como un bálsamo, un pegamento social.

Esto viene a cuento de que en septiembre sucedió algo inusual para nuestro contexto. Tuvimos la suerte de ver, en un solo mes, tres películas bolivianas que además, son de primera.

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Desafección y modernidad

Las abuelas y abuelos de hoy, nacidos alrededor de los años 30 y 40 del siglo XX, vivieron ese particular momento de la historia moderna en que surgió la idea de lo joven, como una cualidad a preservar. Hasta entonces las personas pasaban de la infancia a la adultez sin mayor trámite. Se reflejaba en la vestimenta, los varones usaban camisa y corbata, desde pequeños hasta el fin de sus días, mientras lo propio sucedía con las mujeres y sus faldas. No había un vestuario intermedio, de los teenagers, nada. La vida consistía en crecer obedeciendo para repetir la historia de mamá y papá. En ese proceso, la juventud no recibió  atención alguna sino hasta la posguerra de la II guerra mundial, que provocó interés por los millones de jóvenes que murieron en despiadadas batallas y por los que regresaban a intentar reconstruir una existencia incierta.

Por fortuna apareció el rock para cambiarlo todo y, como dice Calero, para inventar la juventud, que de entrada se manifestó como sinónimo de rebeldía y cuestionamiento al establishment. El revuelo global que ocasionaron los Beatles y Elvis Presley, por citar un par de nombres y películas icónicas como Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) o Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) consolidaron a la idea de ser joven como un atributo, emergiendo -condescendiente- por encima de las ya no tan poderosas figuras de los mayores.

Hoy vivimos tiempos en que el mundo institucional se ha volcado, como nunca, a promover conceptos como la inclusión, la igualdad y la diversidad y sin embargo pareciera que se está ignorando de varias maneras a los mayores. Las zonas rurales, abandonadas por el Estado, expulsan fuerza de trabajo provocando que los adultos se queden en pueblos cada vez más vacíos, mientras los jóvenes salen a buscar mejor suerte y a lidiar con su desarraigo en ciudades, donde los nativos digitales y sus hermanos mayores, que sobrevaloran su juventud, se ocupan de avanzar cada vez más en la transformación digital, sin tener en cuenta a las abuelas y abuelos.

Los cambios que las empresas han desarrollado en servicios digitales de atención al cliente son, para muchos adultos mayores, completamente incomprensibles, pues no hay contacto humano. Son también  frustrantes, van perdiendo la autonomía necesaria para su autoconfianza, a causa de una tecnología que no siempre los toma en cuenta. La experiencia de usuario en campos como los servicios bancarios y de telecomunicaciones, por ejemplo, pueden ser algo imposible de resolver. Lo que llamamos interfaz intuitiva, no lo es para todos y tal parece que poco importa.

“Nuestra sociedad ha hecho de la desafección una parte obligatoria de las ocupaciones vitales”, afirma Zygmunt Bauman, en lo que me animo a incluir la forma de relacionarnos con nuestros abuelos.

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