Cuando era niña y visitaba a mi abuela en las vacaciones, la vida parecía tan simple… Solamente tenía que lograr buenas notas en el colegio para que me premien con el viaje de mis sueños y pasar unas semanas conversando con ella. Salíamos muy poco y no hacía falta, su compañía y sus historias eran lo único que necesitaba para sentirme dichosa. Mientras cocinaba, tendía la cama o íbamos a comprar el pan, me contaba su vida y la de sus hermanas; de cuando puso una pequeña tienda de barrio, de cuando vivía en un convento, donde crió a sus cuatro hijos trabajando de sol a sol o de cuando el abuelo, maestro de profesión, se fue a la Guerra del Chaco, solicitando ser enfermero, pues no se hallaba capaz de disparar a nadie. Dos años después, regresó con el grado de suboficial de sanidad.
No todo era alegre, sin embargo. A veces, la abuela se ponía pensativa y se le escapaban algunas penas que en realidad yo no necesitaba saber a esa edad; otras, se ponía apocalíptica. Decía que el año 2000 el mundo llegaría a su fin y que no había nada que pueda evitarlo. 23 años después seguimos acá, aunque no dejo de sentir que nos vamos al garete y eso es algo que las películas me confirman, pero también me retrucan.
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