Cine y política: el arte como espejo

El cine es un arte extremadamente metamórfico, plástico y omnívoro; se nutre de todo tipo de historias, de la imaginación y la fantasía, del miedo y la alegría, del horror y la calma, de la ciencia y la invención. Entre sus formas más nobles está aquella en la que trasciende el mero entretenimiento para convertirse en un espejo.

En el contexto político es un espacio para exponer luchas, documentar, satirizar y celebrar avances, así como denunciar injusticias. Y como en Bolivia la coyuntura —más politizada que nunca— es inevitable, en lugar de evadirla dejémosla entrar a casa con una dosis de buen cine, que además de darnos unas horas de solaz, nos hace levantar la cabeza y mirar más allá de nuestros ombligos.

Acá un repaso a diversas historias y cómo han abordado puntos críticos de la política, los derechos y la democracia. Títulos como El candidato y La cortina de humo reflejan cinismo hacia la política y las campañas electorales. Una habla de cómo la maquinaria electoral y la obsesión por la imagen pública erosionan los ideales; otra, critica desde la sátira, mostrando una élite política que manipula a los medios y a la opinión pública para controlar el poder. En la misma línea, Il divo muestra la corrupción desde adentro del sistema, deconstruyendo la política como un juego de poder sin escrúpulos. Estas películas muestran cómo la política pasa de ser una batalla de ideas a una de imagen y poder.  

Noche de fuego, Sufragistas y El pan de la guerra ilustran la batalla por los derechos fundamentales. La primera expone descarnadamente la pérdida de derechos básicos; la segunda narra un episodio histórico sobre el voto de las mujeres, mientras que la tercera habla de la supervivencia y la libertad en una sociedad oprimida por un régimen. Todas demuestran que la democracia va más allá de los procedimientos, pues afecta a la libertad y la dignidad personal. La semilla del fruto sagrado, que combina ficción con archivo documental, explora las luchas de una familia en el contexto de una dictadura, mostrando cómo la opresión afecta incluso en la esfera privada.

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Del encierro a la luz: el legado de Marina Núñez del Prado

En noviembre de 2023 se anunció oficialmente la ampliación y restauración de la casa familiar que habitó Marina Núñez del Prado, en Sopocachi. Una noticia largamente esperada, considerando que fue en los años 70 cuando la artista, que se trasladó a vivir a Lima, decidió crear —en acuerdo con sus hermanos— la Fundación Núñez del Prado, para que así se preserve y administre la importante cantidad de obras de arte que la casa contenía. Marina dejó unas 3.600 piezas, de distintos tipos y épocas, entre sus esculturas y otros objetos.

Finalmente, este 1 de agosto, la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia abrirá esta casa, declarada patrimonio cultural en 2019, y luego de décadas de postergación se podrá conocer y apreciar su valioso legado, pues hay que admitir que los bolivianos ignoramos la valía de esta gran artista (así como de muchas otras), ya que fue conocida y reconocida más en el exterior. Incluso en Perú, donde vivió gran parte de su vida adulta, han logrado difundirla y promoverla desde hace mucho.

En la casa de la Avenida Ecuador, el trabajo curatorial, realizado con maestría por la antropóloga Varinia Oros, ha diseñado una narrativa afectiva y a la vez rigurosa desde lo técnico. Han emplazado los recursos museográficos con la intención de crear un recorrido que sumergirá al público en los espacios cotidianos de la familia Núñez del Prado, a través de grabaciones en audio, y así entrar en comunión con la casa y sus tesoros, conociendo historias y datos de cada rincón y de cada objeto.

No será, por tanto, un museo frío e impersonal, pues el diseño y el montaje están pensados para que podamos recuperar nuestro vínculo con Marina, con su pensamiento, con su visión y su sensibilidad. A través del recorrido tendremos la oportunidad de conocer su historia, escucharla y descubrir cómo entendía al país y sus culturas, qué la inspiraba y qué transmitía con sus cinceladas.

La casa expondrá también los grabados en madera de su padre, la obra de su hermana Nilda, cuya trayectoria artística es también riquísima, así como cientos de objetos que Marina fue acumulando en sus viajes e investigaciones, pues tenía un espíritu explorador e inquieto, ansioso de conocimiento.

Nuestra sociedad necesita recuperar sus lazos con Marina, le debemos esto que, finalmente, se está logrando. Su relación con este lugar era fuerte y estaba atravesada por un profundo amor, conocimiento y sensibilidad social. Marina fue fundamental y a través de su museo podremos reconstruir un vínculo que estuvo injustamente apagado, llenando de alguna manera el vacío creado por los largos años de silencio y abandono.

Marina Núñez del Prado fue una artista pionera y de proyección mundial, transformó la escultura al poner el cuerpo femenino, la maternidad y el indigenismo andino en diálogo con las vanguardias contemporáneas. Su obra, monumental e imponente, pero también curvilínea, sensual y profundamente identitaria, ha sido admirada por personajes como Picasso, Frida Kahlo, Eleanor Roosevelt y Gabriela Mistral, habiendo recibido numerosos galardones internacionales. Sus creaciones pueden verse en una veintena de museos y colecciones en varios lugares del mundo.

Ahora La Paz, su hogar, albergará y compartirá su creación, honrando una deuda que estuvo pendiente por demasiado tiempo. Y ese sea, probablemente, uno de los pocos motivos de verdadera celebración que la cultura tenga en este Bicentenario tan contaminado de miserias.