Como muchas fechas, esta es una de conmemoración, más que de celebración, pues el 21 de marzo recordamos la cruenta muerte de Luis Espinal Camps, que aportó enormemente al cine boliviano, además del periodismo y los derechos humanos. Nuestro cine, el tema de hoy, tiene unos 125 años de una historia caracterizada por su irregularidad, inestabilidad y por recorrer un camino en el que, si bien sus creadores no se detienen, las dificultades y los desafíos abundan. Intentaré plasmarlos en pocas palabras.
Es una actividad escasamente valorada por el Estado, lo que resulta paradójico, ya que, en general, es un arte que, en vez de alinearse con la frivolidad, se ha concentrado más en reflejar episodios de la historia, cuestionar situaciones de injusticia y reflexionar sobre la identidad, por mencionar algunos tópicos. Sin embargo, es un sector que, con algunas excepciones, suele trabajar en condiciones precarias, desde lo financiero, lo que produce resultados también desprolijos que a lo largo del tiempo han ido desluciendo la pantalla y perdiendo público.
A esto se añade la escasa formación técnica y académica, pues contamos con pocas instituciones educativas y de investigación en el ámbito cinematográfico; pero sobre todo está el abandono estatal a un sector cultural tan relevante. El cine es una herramienta comunicacional estratégica, además de un motor de desarrollo, pero la relación entre economía y cultura no parece aún ser evidente para nuestros gobernantes. Quizás por eso no contamos con una cuantificación económica del trabajo cinematográfico y de todo el sector creativo, en general.
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