Volví al blog, tuve que limpiar las telarañas acumuladas en mi prolongada ausencia. Extrañaba esta agradable tarea de idear carteleras y notas para compartir con quienes asoman por aquí. Escribir estos breves artículos es una especie de necesidad y justamente de eso se tratan las reseñas de hoy, de esas adicciones en apariencia inocentes, cuyas redes nos han atrapado, aunque nos neguemos a aceptarlo.

Hace unas semanas alguien inició una movida en las redes para censurar la película francesa Mignonnes, sin haberla visto. En este blog la comentamos hace unos meses en esta entrada. Mignonnes en francés, Cuties en inglés y Guapis, en español, es un trabajo precioso de la directora Maïmouna Doucouré, quien ganó el premio a Mejor Dirección Dramática en la edición 2020 de Sundance. El comedido intento de condenarla, hasta donde he podido ver, se origina en el prejuicio – cuándo no – así como en el trauma que como humanidad padecemos por culpa de los depredadores sexuales. Otra razón, quizá la más determinante, pudo ser la desdichada idea de Netflix para promocionar el estreno de la película, saliendo del manejo promocional establecido por la producción. El afiche original muestra una escena de la historia y, por tanto, un manejo de mensaje, muy distinto al que Netflix decidió usar, demostrando una penosa escasez de tino, por así decirlo. Quizá el responsable buscaba publicidad y lo hizo a propósito. De ser así, pues más penoso aún; fue una estupidez, punto.

Las películas, en general, que tienen un equipo comprometido en su producción y distribución, cuentan con el asesoramiento pertinente sobre las estrategias de difusión para definir qué mostrar, qué contar sobre el argumento y, sobre todo, qué no mostrar y qué no decir. Cada producción crea su propia narrativa, de eso trata ese arte. Los cineastas buscan promover su obra, los distribuidores buscan venderla y todos quieren que la mayor cantidad de gente posible las vea, por lo que es muy, muy importante, diseñar una buena campaña de difusión, que genere expectativas, provocando interés, sin dar más información de la necesaria.

Sobre Guapis, la sinopsis en Filmaffinity.com dice, escuetamente:

Amy tiene 11 años y se queda alucinada con un grupo de baile de chicas. Para unirse a ellas, empieza a explorar su feminidad, desafiando las tradiciones de su familia musulmana.

Aquí, sin spoilers, añadimos:

Amy es una niña de ascendencia senegalesa, que junto a su madre y hermanos han migrado a Francia y atraviesan por un periodo especialmente complicado, esta dificultad es en buena parte, el eje de la historia. Amy pasa por ese proceso sin la orientación que una niña de su edad necesita para entenderlo y asimilarlo. Su familia es de tradiciones muy arraigadas y ella deambula en esa dualidad que significa resguardar las propias raíces y adaptarse a un entorno de costumbres completamente distintas, en una edad de por sí complicada.

Esa es la búsqueda de esta historia, que habla del amor filial, la autoestima, la madurez y el factor clave que ha motivado esta nota: la necesidad de reconocimiento. Todos la tenemos, para qué negarlo. Si no, ¿qué hago yo aquí escribiendo, publicando y buscando likes?

Cierro el tema Mignonnes recomendando que la vean, es una bella historia, conmovedora, real y que –espero- provocará en cada uno de nosotros un cambio de actitud, un poco más de empatía, una pizca de sensibilidad. Con algo de eso, la obra ya habrá logrado mucho.

Otro título que me lleva a elaborar esta mini cartelera de dos películas es El dilema de las redes sociales (Jeff Orlowski, Estados Unidos, 2020), también en Netflix. Este documental tiene un hilo en común con la historia de las Guapis y se trata de esa cosa que nos corroe, llamada búsqueda de reconocimiento de nuestros pares. Esta necesidad es, probablemente, tan antigua como la humanidad misma, pero se ha acrecentado –obvio- con la irrupción de las nuevas tecnologías.

Lo paradójico de esta búsqueda es que a medida que nos introducimos en este infinito entramado manejado por inteligencias artificiales, nos alejamos más de lo que estamos buscando: una conexión verdadera.

El dilema de las redes sociales plantea un asunto ético absolutamente crítico, que no podemos dejar de considerar, por nuestro propio bien. La adicción a nuestros dispositivos inteligentes, la necesidad de saber qué dice la notificación, la preocupación de que el teléfono no nos diga nada por más de 10 minutos y cómo eso está dañando de forma irreversible a toda una generación, los Z.

El documental aborda muchos más ángulos de esta enorme maquinaria en la que estamos atrapados, que no detallaré aquí. Véanlo y cada uno hallará algún tópico que lo identifique. Al final surge la pregunta de si esto irreversible o no, un criterio que dejo a cada quien.

Me confieso cómplice y víctima, adicta y traicionada por estas horribles y maravillosas criaturas digitales cuyos inventores no vieron venir cómo sus creaciones evolucionarían. ¿Qué hacer al respecto? Un buen inicio es pensar, intentar crear un criterio propio y conversar sobre esto.

Hasta ahí llego por ahora. Espero que vean estas dos recomendables producciones y me comenten sus impresiones.

Hasta la próxima.